Martha Toledo, protectora de la flor de Inírida

Martha ToledoFlor

Foto: Cortesía @carloscuentero

En el CEO (Centro de Estudios de la Orinoquia) de la Universidad de los Andes hemos trabajado durante más de 5 años por esta importante región del país, y entre los objetivos que trazamos desde el inicio, ha sido reconocer y multiplicar historias, iniciativas y experiencias que nacen en los territorios y buscan visibilizar la región.

Desde 2018 la historia de Martha Toledo, quien además de una gran líder, es filósofa y docente; se dio a conocer por su participación en el programa Titanes Caracol, un espacio que, como ella menciona, “es un trampolín que hay que saber usar”. Y es que ha sido tan significativo el valor que Martha, su familia, su asociación (AKAYÚ) y las mismas comunidades indígenas han dado al departamento, a través de la protección de la flor de Inírida; que cientos de ojos se han volcado a esta zona del país para conocer el cultivo, sus prácticas ambientales y demás iniciativas que persiguen la proyección del Guainía.

Este es el caso de Baquiano, nuestro boletín, que, desde el interés por hacer parte de procesos transformadores de la región, hablamos con Martha para conocer en detalle cómo ha sido esta experiencia.

Baquiano: ¿Cómo ha sido el trabajo para proteger la flor de Inírida?
Martha Toledo: Esto viene de hace mucho tiempo. Todas las personas que trabajamos en esto tenemos clara la idea de que el Guainía debe ser un departamento ambientalmente sostenible.

Ese desarrollo es una utopía para el país, por ello, es importante saber que la Amazonia y la Orinoquia son quienes van a plantear ese impulso porque el terreno allí es el triple de grande que la zona andina. Si pensamos en esta región solo para una explotación de monocultivos, de pieles, incluso de coca, no podríamos darnos cuenta de que en estas regiones en sí mismas pueden ser auto-sostenibles y que hay mucho por hacer. Por supuesto contamos con unas macro-regiones, pero en realidad es un país distinto.

Partiendo de esto, y teniendo en cuenta que aportamos el 0.03% del PIB, es decir, que no le damos mucho al país, y, además, somos nosotros mismos quienes nos sentimos como ‘los pobrecitos, todo es importando, que el gobierno nos de’; difícilmente dimensionaremos que tenemos procesos hermosos. Entendido esto, lo que hicimos fue pensar ‘Vamos a producir lo nuestro, y una de las cosas que se debe promover es la flor, que estaba acabada por fuera de los resguardos’.

A pesar de que varios aseguraban que no era posible trabajar la flor, en 2009, empezamos a demostrar que la flor sí se puede tocar, es decir, la sostenibilidad no consiste en no tocar, por el contrario, consiste en tratar de sembrar, reactivar el cultivo, protegerlo, entender el ecosistema para poder saber cómo tratarlo y no seguir acabándolo. Lo que planteamos es que la flor es un renglón posible. Tenemos un reto muy grande y es saber que estamos frente a un cultivo sostenible.

A los dos años cuando tuvimos la primera cosecha, la corporación dice: ‘esta señora como que tiene razón’, y nos da los permisos para seguir cultivando demostrando con esto que sí se podía.

B: Sin duda el progreso con la flor ha sido enorme, con esto ¿han surgido otras iniciativas?
M. T.: Sí, de hecho, sumado a esto, hemos desarrollado 3 procesos más, todos van de la mano, pero sabemos que se tienen que independizar.

Primero, tenemos el proceso de reciclaje, era algo que teníamos que hacer, además, porque nos vamos a inundar en basura por los malos manejos. Segundo, aprovechamiento de frutos de cosecha, en esta iniciativa tenemos los bocadillos, mermeladas y salsas de arazá. Es un proyecto pequeño que va tomando cada vez más fuerza.

El otro es un proceso de educación. Creo que el problema de este sector, sobretodo en estas regiones apartadas, no es que la educación sea gratis, sino que es mala. Y es un gran reto que tiene el Estado. El desafío que tenemos es la calidad educativa, es lograr becas, chicos con buenos puntajes en el Icfes y salir del argumento: ‘como somos indígenas, somos marginados, vamos a seguir marginados’, no, las personas tenemos el subdesarrollo en la cabeza y debemos cambiar el chip.

Finalmente, el otro proyecto es el de la flor de Inírida donde manifestamos que se podía cultivar y que puede ser sostenible. Estamos en el camino de demostrar que es una empresa interesante y un renglón interesante para el departamento.

Entrevista MarthaToledo

Foto: Cortesía Martha Toledo

B: Durante y después de todo el proceso de su participación en el programa, ¿cuál ha sido la reacción de las personas en el departamento, entendiendo que en

 su mayoría habitan comunidades indígenas?
M. T.: El premio que obtuvimos es una posibilidad, un trampolín que hay que usar bien, entonces ¿qué planteamos? El año pasado ganamos un proceso con Colciencias que se llama ‘A Ciencia Cierta’, en esta propuesta ellos se enfocan más en la parte científica, en entender: ¿cómo lo lograron?, ¿qué pasó con el ecosistema?, y lo que nos proponen es, cómo hacer replicable esta experiencia a otros procesos o sectores del departamento.

Para que tengan una idea, y entender este punto tan importante, es necesario mencionar que en el Guainía contamos con un 98% de población indígena, lo cual tiene una gran ventaja, y es que cuando entren explotaciones grandes “es un poco más difícil”, pero también tiene la gran desventaja de que lo que entra tiene que ser con mucha confianza, cuidado, pero también debe ser muy acordado con las comunidades y que sea realmente estable.

Entonces, la idea de que los resguardos indígenas entren en esa dinámica de manera sostenible es fundamental y evitar así la posibilidad de que le permitan la entrada a otros procesos de minería, de madera o de peces ornamentales, es decir, unos renglones que de alguna manera no van a ser el mismo beneficio en términos ambientales, aunque económicamente pueda ser más interesante para ellos.

Nosotros tenemos claro que nuestro terreno es ambientalmente sostenible, pero perfectamente puede venir una generación de indígenas que diga: “¿por qué no?, digámosle sí a la minería. Si lo blancos lo hicieron, nosotros por qué no”, muchos están pensando en esa lógica.

De este modo es cómo les proporcionamos a ellos un modelo, un ejemplo de sostenibilidad y le vendemos esa cara al mundo porque a todos nos conviene que exista la Amazonia y la Orinoquia como están.

B: Con todas estas iniciativas, ¿qué rol quieren que las futuras generaciones asuman? ¿cuál es el mensaje para las juventudes?
M. T.: En este punto entra de nuevo el proceso de educación, ¿qué sacamos nosotros con apuestas en educación, cuando los chicos no retornan?

La idea es que regresen al Guainía, y si no lo hacen físicamente, lo que proponemos es que hagan cosas desde su región. Por supuesto buscamos que no pierdan la posibilidad de encontrar en la región el nicho laboral que les permita devolver lo que el territorio les ha dado. De hecho, en las comunidades indígenas, y habría que revisarlo en detalle, pero estadísticas de 2016 arrojaban que las mujeres indígenas que salen de bachillerato tan solo son el 0.01%, es decir, no hay mujeres indígenas que estén entrando a la universidad y las que entran, entran a niveles técnicos. Por su parte, los hombres son un poco más, pero no terminan la universidad.

Esta generación de mis estudiantes son los primeros que están, al menos, terminando la universidad. A ellos les queremos hacer un gancho para el retorno al departamento. Pero son niños que han estado en una universidad y aspiran a otra clase de empleos, entonces la pregunta es, ¿cómo hacemos para que la región les presente posibilidades de enganche al Guainía?

Hay varios casos de jóvenes que regresan, por ejemplo, a hacer política, pero más que eso es que hagan parte de procesos productivos, repensar el departamento, en su desarrollo a partir de la creación de empresas. Y cuando hablamos de procesos productivos hay dos cosas que van de la mano, lo ambiental y lo turístico, pues también tenemos para ofrecer ambiente, paisaje, ríos, gastronomía. Entonces la apuesta desde el trampolín que me da Caracol es ‘vamos a decirlo y a hacerlo’.

B: Desde el rol que ha asumido como líder protegiendo la flor, trabajando por la educación y el fortalecimiento de varios procesos en el departamento, ¿qué mensaje envía a líderes que trabajan por el desarrollo de sus regiones?
M. T.: Hay que cambiar el chip, esto es fundamental. No somos los pobres ni los marginados. Dejemos de pensar que Bogotá va a pensar en esa región.

Las políticas educativas no hay que aceptarlas como vengan siempre. Yo, por ejemplo, siento que se les está haciendo mucho daño a los indígenas con el PAE (Programa de Alimentación Escolar), eso no está haciendo otra cosa más que volverlos limosneros, dejan de producir, no siembran ni siquiera para comer, porque “como el gobierno les da a mis hijos el desayuno y el almuerzo, entonces yo consigo para la comida”, le dan los libros, el uniforme y los chicos crecen y a los 15 años, “ya no soy responsable de mis hijos”, edad en la que procesos de algunas culturas indígenas “ya son grandes y se pueden casar. Ese es un pensamiento muy pobre y estamos plagados de eso.

Hay que hacer procesos mucho más fuertes, salir de mentalidades pobres y ser consistentes en ese camino que nos propongamos.

cultura, CPEO Centro de Estudios de la Orinoquia, CEO, Universidad de los Andes, Centro de Pensamiento Estudiantil Orinoquia, Orinoquia, biodiversidad, Inírida

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