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Fundación Cataruben lidera estrategias de carbono cero en las tierras del Casanare



La Fundación Catarubén nace en Yopal, Casanare, gracias a la iniciativa de un grupo de profesionales de la región que deciden estudiar el territorio, conocer de fondo sus virtudes y analizar cómo se podía trabajar con el entorno.

En este proceso se encuentran con la simbiosis ya existente entre biodiversidad y producción, y comienzan a fortalecer estos temas para crear un modelo productivo que se adapte especialmente al Casanare. Así desarrollan diferentes investigaciones y proyectos enfocados en ganadería, cacao, palma, y recientemente los bonos de carbono, en donde han encontrado grandes aliados como Latam, Airfrance y KLM, con quienes hacen ejercicios voluntarios de mitigación de impacto al medio ambiente.

En conversación con el CEO, María Fernanda Wilches, Ingeniera mecatrónica de la Universidad Militar en Bogotá, que también cuenta con una maestría en Ingeniería administrativa de la Universidad del Norte y un MBA de la Universidad de Tours en Francia, y es la directora de la Fundación Catarubén, nos explicó el ambicioso programa enfocado en los bonos de carbono, el trabajo que ha realizado con los ganaderos de la región, la importancia de que las grandes empresas lideren los esfuerzos para mitigar el cambio climático, e hizo un llamado a un mayor trabajo conjunto con la academia y las regiones.

Así mismo, destacó el trabajo que ya viene realizando la fundación enfocado en la creación de una ganadería más sostenible, temas bióticos, reconstrucción de corredores biológicos para conectar microcuencas con cuencas, mejoramiento de las condiciones ambientales para los modelos productivos y la inclusión de diferentes temas de biodiversidad en procesos de producción como la palma.

CEO: ¿Cómo nace la idea de crear la Fundación Catarubén?

María Fernanda Wilches: Catarubén es un instituto tecnológico de desarrollo e innovación. Nace porque un grupo de profesionales casanareños y araucanos salimos, y como digo yo, estudiamos con las vaquitas, y volvimos a Yopal, y entendimos que se necesitaba un cambio y se necesitaba generar otras fortalezas que hicieran un poco de balance respecto al boom petrolero que estaba surgiendo en la zona. Buscamos y la forma jurídica que más se nos ajustó fue una organización sin ánimo de lucro y un instituto de desarrollo tecnológico, donde todos pudiéramos poner en práctica todos los conocimientos adquiridos y experiencias, y potencializar todo lo que había en Casanare y la Orinoquia.

Recorrimos estudiando y haciendo análisis básicos por todo el Arauca, el Vichada, por Casanare y por partes del Meta, y entendimos que los modelos productivos que estaban allí, antes de la llegada de estos boom de nuevos ganaderos y nuevos agricultores, funcionaban bien con el ecosistema, que hacían una simbiosis, y que era un conocimiento empírico, validado por muchos años, muchas generaciones, que había generado una simbiosis entre biodiversidad y producción, que podría funcionar. Decidimos comenzar a fortalecer estos temas, y demostrar que lo que se hacía allí tenía un valor bien importante y una validación de muchos años. Y que además podría ser un mejor modelo productivo que otros, que funcionaron muy bien en otros puntos del planeta pero que el trópico es diferente, que la Orinoquia es diferente y la sabana inundable aún más, y hay que desarrollar los propios, y empezar a potencializarlos.

CEO: ¿Cómo ha sido el trabajo enfocado en la ganadería? ¿Y cómo ha sido el trabajo para implementar con los (as) ganaderos (as), procesos más sostenibles?

MFW: Soy de una familia ganadera, y tengo conocimiento propio de causa de que la ganadería en la sabana inundable es de las mejores en cuanto a impactos positivos, o en cuanto a simbiosis con el ecosistema.

Es una carne verde y el modelo productivo que se desarrolló con las razas criollas, como el ganado criollo casanareño, logró una simbiosis interesante. Que si la comparamos peras con manzanas, si comparamos la productividad de la ganadería con otros modelos productivos extranjeros, uno dice, oiga, la ganadería es poco productiva. Pero si la comparas con la sostenibilidad que genera, con los beneficios y los bajos impactos a largo plazo, tú dices, “esta es una ganadería muy productiva”. Porque creemos que un modelo productivo ganadero no solo se mide en la edad reproductiva de la vacas o en la natalidad, ni kilos por hectárea, sino se mide también en conservación del agua por cabeza, en hectáreas de conservación en el predio vs hectáreas de producción, se mide en manejo de los pastos de una forma que incremente en sus tasas de captura de carbono.

Hay muchos puntos donde sobresale la ganadería de la Orinoquia colombiana, y es la que hay que resaltar. Yo conozco ese modelo productivo y puedo decir que ofrece una nueva mirada, ofrece una carne con unas condiciones de impacto favorables y positivas, porque vimos por 200 años a la ganadería hacer simbiosis con el ecosistema.

CEO: ¿En qué consiste el proyecto con los bonos de carbono CO2 Bio?

MFW: Cuando arranco Catarubén empezamos a recibir solicitudes de ganaderos que querían convertir sus fincas en reservas naturales, que estaban interesados en conservar una cantidad de bosque, y arrancamos ese proceso. (…) Empezamos a buscar formas de hacer que la conservación también valga y también genere ingresos, y que eso que hacen esas personas que es muy bonito y que lo hacen por satisfacción propia tenga un reconocimiento de la sociedad. (…) Y a buscar formas con sostenibilidad ambiental pero también sostenibilidad económica.

Llegamos a estas reservas con bosques que prestan el servicio de captura de CO2 de la atmósfera, pero era un servicio que no se estaba cobrando, que nadie lo estaba valorando, y que estas personas estaban evitando una deforestación. Los cuidan, los limitan, les hacen sus guarda rayas para que las quemas no los dañen, los protegen del ingreso del ganado, hacen inversiones en la sabana para ofrecerle agua limpia al ganado para que el agua silvestre no compita con el agua para el ganado. Son muchas inversiones que hacen estas reversas que al final son actividades que reducen las emisiones de CO2 e incrementan las remociones, que se pueden cuantificar, validar y certificar en bonos de carbono. Al final, entendimos que una tonelada de CO2 removida o evitada de enviar a la atmósfera se puede cuantificar y sacar al mercado, y le generan unos ingresos al propietario y le permiten continuar con sus procesos de conservación.

CEO: ¿Cuál es la importancia de que los cambios se generen, tanto del nivel individual, como desde los niveles más altos?  

MFW: Las dos vías son importantes. Es importante que como individuos presionemos. Creo que ha funcionado, es poco, hay que mejorar un montón, pero ha hecho que la industria entienda que necesita sacar productos para un mercado verde; carnes verdes, tiquetes carbono cero, productos para el cuidado de la piel naturales, y eso ha puesto en una dinámica diferente a la industria. Y quienes lo entiendan y rápidamente entren a este mercado, que ahora es pequeño, van a tener unas mejores oportunidades en un futuro más cercano cuando estos mercado se incrementen.

La otra opción son las empresas que tienen directivos conscientes que lo entienden y que también saben que para allá va el mercado. (…) Yo creo que herramientas públicas como el impuesto al carbono ayudan a que otras empresas entiendan estos ejercicios y entren.

CEO: ¿Cuál debería ser la incidencia de la academia en estos proyectos?

MFW: Es urgente, por lo menos en la Orinoquia, tener modelos productivos bajos en carbono. Por ejemplo, cacao con una muy buena producción, que reduce sus emisiones; un arroz, con grandes esfuerzos, para mejorar su modelos productivos y reducir sus emisiones de CO2, y ojalá incrementar los ejercicios donde se eviten también las emisiones de CO2; una ganadería más inteligente que logre más simbiosis con sus bosques y sus ecosistemas actuales, para evitar emisiones. Pero todo esto está por hacer, todo esto está por cuantificar, por medir, por estandarizar, y aquí es donde entra la academia a jugar un papel importante.

María Fernanda Wilches, directora Cataruben.CEO: ¿Cómo cree que debería ser el trabajo de las universidades para llegar a las diferentes regiones del país?

MFW: Desde la región vemos a las universidades un poquito lejos, un poquito concentradas en la formación de profesionales que están formados para ir a las grandes empresas que están en las urbes. O, formando profesionales que van a ir al campo a trabajar, pero que van a llevar en su cabeza modelos productivos traídos de otros países, que muy seguramente allá funcionan bien, en esos ecosistemas, pero que al implantarlos en nuestros ecosistemas tienen unos impactos negativos grandes. Así es un poco la visión que tenemos.

Entonces creo que la academia, y nosotros en las regiones, tenemos un reto grande. Primero, hacer que la academia vaya, y dos, mostrarle a la academia que depronto los modelos productivos que se han construido localmente son muy interesantes, que tienen unos indicadores diferentes que ahora mismo se están valorando más, y que esos son los modelos productivos que se deberían enseñar en la academia.

Pero sabemos y entendemos que para que lleguen a la academia deben tener todo un proceso de validación científica. Entonces ahí es donde está la gran oportunidad. Que las universidades vayan, entiendan esos modelos productivos, aporten, los validen, se pongan en papers, se publiquen en grandes journals, y generen una nueva mirada hacia estos modelos productivos que casi siempre son más sostenibles, con menores emisiones de carbono, que nos convienen más a largo plazo, y que ahora es lo que el mercado está buscando.
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