¿Cuál biodiversidad?

Julio 4 de 2017
Por: Carolina Ángel Botero, integrante del Centro de Pensamiento Estudiantil Orinoquia
Candidata a Doctor en Antropología de la Universidad de los Andes

Descripción: Este blog recoge las ideas, las observaciones, y las anécdotas en el proceso de mi investigación doctoral. Mi proyecto explora, desde una mirada amplia y crítica, qué es realmente eso que llamamos biodiversidad. Este blog es, por tanto, parte de esas reflexiones que busca pensar a fondo qué moviliza y qué se produce en la sociedad cuando llamamos al entorno natural biodiversidad.

La discusión está abierta. Este es un proyecto en construcción y todos los comentarios son bienvenidos.

Esta entrada hace parte de una ponencia que presenté en la Universidad del Rosario el 15 de junio de 2017 en el coloquio “Clasificar para ordenar”. En una sesión muy interesante y productiva, varios colegas nos reunimos a pensar qué significa clasificar. Lo mío es la biodiversidad, de ahí esta reflexión teórica que dividí en dos partes por su extensión. Primero, una exploración al concepto de biodiversidad; y una segunda entrada sobre lo que significa clasificar.
 
¿Por qué llamamos biodiversidad al entorno natural?

Biodiversidad más que una forma de agrupar toda esa naturaleza que hay allá afuera en un concepto, es una forma de clasificar. Pero más que especies, genes y ecosistemas, que son las tres categorías en las que la biodiversidad divide la naturaleza, biodiversidad es también una forma de relacionarse con el ambiente natural. Por eso es que cuando hablamos de clasificar la biodiversidad no solo estamos haciendo un ejercicio taxonómico o genético, también estamos inmersos en una lógica económica de fuentes de capital; formas de vida locales y diferentes maneras de comprender el mundo y la relación con las plantas y los animales; una red global de conocimientos expertos y financiadores que buscan conservar la diversidad biológica; una serie de instrumentos legales que buscan proteger al ambiente natural de la sobre explotación; pero también es técnicas de laboratorio, con sus microscopios, fichas de clasificación, temperaturas, suelos, altitud. Pero, ¿cómo llegamos a hablar de biodiversidad?

El nacimiento de un concepto

Para 1996 Benjamin Orlove escribió para el Annual Review of Anthropology el que sería una de las primeras apuestas desde la antropología por entender en qué consiste el concepto de biodiversidad. En realidad la preocupación del autor estaba en entender cuál sería el papel de la antropología en la protección de la biodiversidad o en otros términos, la pérdida de diversidad biológica que es el problema con el que se enfrenta Orlove en este texto. Sin embargo, esta aproximación brinda luces sobre cómo llegamos hoy en día a hablar de biodiversidad, un concepto que entre otras cosas, se ha expandido tanto como los derechos humanos y que ha llegado a significar prácticamente todo y, a la vez, nada. Lo importante a tener claro desde ahora es que se enfrenta a una forma particular de entender la relación de las personas con el ambiente natural, sean animales, plantas, hongos, bacterias, etc.

La relación con la naturaleza la podemos llevar tan atrás en el tiempo como se quisiera. No obstante, tiene sentido comenzar por “la era de la ecología”. El término ecología no apareció sino hasta 1866, tal como señala Donald Worster en su libro Nature’s Economy. Sin embargo, solo sería hasta 100 años después que logró incorporarse en lo vernáculo (Worster, 1994, p. ix). En la historia moderna, explica el autor, este concepto vino a convertirse en “una manera de mirar el tejido de la vida en la tierra: un punto de vista que buscaba describir todos los organismos vivos en la tierra como un todo que interactúan, al que comúnmente se le refería como ‘la economía de la naturaleza’” (Ibíd.). El autor hace un recorrido por diferentes nociones de naturaleza, desde Henry David Thoreau, pasando por Darwin (hizo falta incluir a Alexander von Humboldt), pero el momento que es clave en ese recorrido histórico para este proyecto en particular es la época posterior a la segunda Guerra Mundial, cuando ecología no solo se convirtió en un movimiento político, sino también, en un campo de investigación científica.

Pero la idea de biodiversidad llegó años después, exactamente en 1986, cuando el biólogo Walter G. Rosen acuñó el término para nombrar un foro de la National Academy of Science sobre diversidad biológica. Se trataba del “Foro Nacional en BioDiversidad”, que se llevó a cabo en Washington con el auspicio del Smithsoninan Institution. Era la forma corta de diversidad biológica, en línea con ese juego de palabras que tanto le gusta a los norteamericanos, pero que ha dado origen a toda una serie de cruzadas en nombre de la naturaleza desde entonces.
Central a las preocupaciones en 1980, era la idea de que la actividad humana tenía un impacto en la diversidad biológica, la que se convertiría en una pregunta central de nuestros tiempos, en particular, en el campo de las ciencias biológicas (Andrade Franco, 2013, p. 23). Señala Jose Luiz Andrade Franco, que el Foro Nacional en Biodiversidad y la publicación resultado del Foro editada por E.O. Wilson en 1988 titulada Biodiversidad, fue el momento de acumulación de una serie de preguntas, intereses y prácticas, que marcan el fin y el comienzo de una nueva forma de aproximarse a la conservación de la diversidad biológica (Ibíd, p. 24).

Se puede pensar la biodiversidad como distintas formas de clasificación o al menos, responde a distintos criterios. Por un lado, y continuando con la historia, la conservación de la biodiversidad responde a cuestiones éticas y estéticas. Así, E.O. Wilson y Paul Ehrlich escribieron en 1991 un artículo corto sobre en qué consisten los estudios de biodiversidad. Allí señalan que más allá de hacer inventarios sobre biodiversidad, importa preocuparse por la pérdida de diversidad biológica por tres motivos principales. Primero, porque el Homo Sapiens es la especie dominante en el planeta y tiene la responsabilidad moral de proteger la vida en la tierra. Pero además, porque prácticas como ecoturismo, observación de aves, tener mascotas o incluso, hacer jardinería “dan fe de que los humanos obtienen una gran satisfacción de esos compañeros (y generan actividades económicas sustanciales en el proceso)” (Wilson y Ehrlich, 1991, p. 760). Llama la atención esta forma particular de entender la biodiversidad muy al comienzo de los primeros desarrollos del término, que quedaría un tanto opacada, por no decir otra cosa, luego con la entrada de la Declaración de Río en 1992. La segunda razón, continúan los atores, es que los humanos ya han obtenido bastantes beneficios económicos de la biodiversidad en forma de alimentos, medicinas, productos industriales, genes, entre otros. En este sentido, se trata de una “biblioteca genética” que se mantiene gracias a los ecosistemas naturales (Ibíd). Y tercero, por los servicios que prestan los ecosistemas, por ejemplo, en la conservación de la atmósfera o los suelos, solo por mencionar algunos, aunque recientemente también se incluyen beneficios culturales como conocimientos ancestrales. Nótese que desde entonces ya se hablaba de servicios ecosistémicos, un concepto que de a poco ha ido capturando más y más atención, y que en 2005 se convirtió en un tema central de investigación para la comunidad científica y de la comunidad internacional, en particular, del sistema de Naciones Unidas.


Fuentes:

Andrade Franco, J. L. (2013). The concept of biodiversity and the history of conservation biology: from wilderness preservation to biodiversity conservation. História, 32(2), 21–48.
Ehrlich, P., & Wilson, E. (1991). Biodiversity Studies: Science and Policy. Science, 253(5021), 758–762.
Orlove, B. (1996). Anthropology and the conservation of biodiversity. Annu. Rev. Anthropol, 25, 329–52.
United Nations. (2015). Notes on Definition. Retrieved from http://www.biodiversitya-z.org/content/biodiversity
Wilson, E. O. (1988). Biodiversity. Washington: National Academy Press.
Worster, D. (1994). Nature’s Economy: a history of ecological ideas. Cambridge: Cambridge University Press.

Fotos: Carolina Ángel

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